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Parto Humanizado y Espiritual

El parto es un acontecimiento involuntario, así como el sueño o el orgasmo, sólo que mucho más complejo pues es la vida desprendiéndose para producir vida… Y todos sabemos lo que ocurre cuando se trata de controlar o dirigir mentalmente los procesos involuntarios: simplemente no ocurren o no se desencadenan libremente. Ser canal de vida, gestarla, parirla y sostenerla, trae preguntas profundas sobre a quienes hemos entregado y por qué, el poder de nuestros cuerpos. Parir hace emerger la memoria profunda: recordar quienes somos, de qué estamos hechas; recordar que puede hacer, guardar y entregar el cuerpo de una mujer. Cuando nuestros hijos se vuelven un número, una estadística, el producto de una maniobra o un protocolo nos damos cuenta que hemos sido despojadas, por miedo, por ignorancia o por inercia, de la autonomía sobre nuestros cuerpos y nuestro poder femenino…

Esta pérdida de confianza sobre la naturaleza… sobre nuestra naturaleza, ha llevado a que cada vez más mujeres reclamen lo que tanta ciencia, tanto control, tanto bio-poder ha cortado: la ruta a la escucha interna, a la intuición, a la fuerza desbordante de nuestra naturaleza salvaje, hacia nuestro espíritu, hacia nuestra dimensión divina. El parto es uno de esos acontecimientos que trae a la mente, al corazón y al cuerpo eso que el yoga siempre nos quiere recordar: que somos seres espirituales teniendo una experiencia humana, y que la muerte es una aliada de la vida o mejor, la vida desde el “otro lado” siempre acompañándonos y sosteniéndonos. Gracias a la muerte, a su toque, la mujer puede soltar sus restricciones mentales, emocionales y todo lo que ya está maduro en ella para pueda abrirse, “morirse” y dejar nacer a su bebé.

Proclamar un parto humanizado no es más que un regreso de la conciencia sobre el valor y el derecho a la vida desde sus principios más fundamentales y sublimes: que es un evento especial, placentero y digno de experimentar desde la intimidad y atendiendo las necesidades y deseos de la madre, pues es ella la que con su fuerza unida a la del cosmos, su linaje y sus guardianes, entrega un hijo de la tierra.  Al resto de personas, testigos de tal milagro, les corresponde servir y acompañar desde la humildad “el viaje” de la mujer: ofreciéndole comida, bebida, masajes, silencio o palabra dulce y motivadora; recordándole que el dolor y el instinto son brújula y mapa del camino, y que este tránsito es una danza con ella misma libre en movimiento, sonidos y voz. Si su expresión verbal se siembra en una garganta relajada, por ejemplo, a través del canto carnático, si puede moverse libremente y se siente suficientemente protegida para seguir la sabiduría de su cuerpo sin inhibiciones (adoptando la postura que su cuerpo le pida), los mensajes o impulsos nerviosos de las contracciones no serán de alerta, sino de calma. Viajando de esta manera, con el paisaje despejado (ambiente cálido, con música inspiradora, aroma y luz acogedores), el dolor-brújula es simplemente un mecanismo de seguridad y protección de madre y bebé, para que la vida se renueve una vez más.